domingo, septiembre 04, 2011

huracán

Es difícil cuando todo está tan disperso (dijo ella mientras se ponía su blusa). No te acuso de nada, ni te estoy diciendo que es tu culpa (prosiguió, introduciendo los botones en los ojales), sólo que te digo, esto no me llena, dudo que te llene a ti, ¿o sí? La contraparte no emitió sonido alguno, se mantenía abstraído, tirado en la cama, cubierto con una sábana. La impaciencia la estaba hartando, no era nada de lo que esperaba. Desde niña que buscaba de flor en flor aquel que la hiciera sentir las cosas que esperaba, en ese sentido era una manipuladora, pero vamos, ¿qué mujer no lo es? Ella era de las que no demoraban en cambiar de pareja, duraba un par de meses y sentía que el aburrimiento la golpeaba y de inmediato quería huir. Por supuesto que él había jurado hacerla feliz, (como todos), era de los que le gritaba con su corazón que jamás se iba a arrepentir de esta relación, (como todos), y sobre todas las cosas, le prometió que no iba a extrañar nada, que todo se lo iba a entregar él (¿cabe agregar que todos decían eso? Es que los hombres son muy ocurrentes). A pesar de todo, ella quería un cambio, tenía fe y estaba decidida en madurar, ya que la edad que tenía la impacientaba en cierta clase de metas sociales y biológicas que debía cumplir. Por lo mismo, decidió creerle. Pero al final las cosas nunca funcionan cuando uno se las propone, y esto fue lo que aprendió. Forzar situaciones, promesas y cometidos no van a llevarlos a una relación exitosa, tal vez puedan durar un par de meses más que los que estaba destinada con otro sujeto cualquiera, pero distinto de eso, no. Y no es que ella acusara a nadie, ni a sí misma. Es que la vida es lo que pasa y de nosotros depende poco y nada.